Podría haber esquivado todos tus puñales directos a mi pulmón izquierdo, pero decidí ser la suela de tus zapatos para no separarme jamás de ti, para no dejar que mis manos parasen de bailar sobre el carro de tu cuerpo, me he entretenido en pegarle bocados a la vida, en actuar como la payasa, en querer ese diamante brillante, pero duro, sin posibilidad de raspar...y ahora te digo que me has pulido tanto que no queda más que polvo de talco entre tus párpados. Te quise a mi lado por si sufría avería...pero hoy soy el rival más débil dentro de mis pantalones...ahora voy en busca de aire, no quiero que vengan manos a cobrarme, me quedo en el festín de mi incertidumbre, con las cicatrices curadas y que tanto me gusta lamer. El tequila con sal y limón es una buena cura...
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Cuando el rey de los monos se enteró de dónde moraba el Buda predicando la Enseñanza, corrió hacia él y le dijo: -Señor, me extraña que siendo yo el rey de los monos no hayáis enviado a alguien a buscarme para conocerme. Soy el rey de millares de monos. Tengo un gran poder. El Buda guardó el noble silencio. Sonreía. El rey de los monos se mostraba descaradamente arrogante y fatuo. -No lo dudéis, señor -agregó-, soy el más fuerte, el más rápido, el más resistente y el más diestro. Por eso soy el rey de los monos. Si no lo creéis, ponedme a prueba. No hay nada que no pueda hacer. Si lo deseáis, viajaré al fin del mundo para demostrároslo. El Buda seguía en silencio, pero escuchándolo con atención. El rey de los monos añadió: -Ahora mismo partiré hacia el fin del mundo y luego regresaré de nuevo hasta vos. Y partió. Días y días de viaje. Cruzó mares, desiertos, dunas, bosques, montañas, canales, estepas, lagos, llanuras, valles... Finalmente, llegó a un lugar en el que se encontró con cinco columnas y, allende las mismas, sólo un inmenso abismo. Se dijo a sí mismo: “No cabe duda, he aquí el fin del mundo”. Entonces dio comienzo al regreso y de nuevo surcó desiertos, dunas, valles... Por fin, llegó de nuevo a su lugar de partida y se encontró frente al Buda. -Ya me tienes aquí -dijo arrogante-. Habrás comprobado, señor, que soy el más intrépido, hábil, resistente y capacitado. Por este motivo soy el rey indiscutible de los monos. El Buda se limitó a decir: -Mira dónde te encuentras. El rey de los monos, estupefacto, se dio entonces plena cuenta de que estaba en medio de la palma de una de las manos del Buda y de que jamás había salido de la misma. Había llegado hasta sus dedos, que tomó como columnas, y más allá sintió el abismo, fuera de la mano del Bienaventurado, que jamás había abandonado.
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La muñeca descansaba en la gran silla tapizada de terciopelo. No había mucha luz en la estancia, pues el cielo de Londres aparecía oscuro. En la suave y gris penumbra se mezclaban los verdes de las cortinas, tapices, tapetes y alfombras. La muñeca, cuya cara semejaba una mascarilla pintada, yacía sobre sus ropas y gorrito de terciopelo verde. No era la clásica que acunan en sus bracitos las niñas. Era un antojo de mujer rica, destinada a lucir junto al teléfono, o entre los almohadones de un diván. Y así permanecía nuestra muñeca, eternamente fláccida, a la vez que extrañamente viva. Sybil Fox se apresuraba en terminar el corte y preparación de un modelo. De modo casual sus ojos se detuvieron un momento en la muñeca, y algo extraño en ella captó su interés. No obstante, fue incapaz de saber qué era, y en su mente se abrió una preocupación más positiva. «¿Dónde habré puesto el modelo de terciopelo azul? -se preguntó-. Estoy segura de que lo tenía aquí mismo.» Salió al rellano y gritó: -¡Elspeth! ¿Tienes ahí el modelo azul? La señora Fellows está al llegar. Volvió a entrar y encendió las lámparas. De nuevo miró la muñeca. -Vaya, ¿dónde diablos estará...? ¡Ah, aquí! Recogía el modelo cuando oyó el ruido peculiar del ascensor que se detenía en el rellano, y, al momento, la señora Fellows entró acompañada de su pekinés, que bufaba alborotador, como un tren de cercanías al aproximarse a una estación pueblerina. -Vamos a tener aguacero -dijo la dama-. Y será un señor «aguacero». Se quitó de un tirón los guantes y el abrigo de piel. Entonces entró Alicia Coombe, como siempre hacía cuando llegaban clientes especiales, y la señora Fellows lo era. Elspeth, la encargada del taller, bajó con el vestido y Sybil se lo puso a la señora Fellows. -Bien -dijo Sybil-. Le cae estupendo. Es un color maravilloso, ¿no le parece? Alicia Coombe se recostó en su silla, estudiando el modelo. -Sí -exclamó-. Es bonito. Realmente es todo un éxito. La señora Fellows se volvió de medio lado y se miró al espejo. -Desde luego, sus vestidos hacen algo en la parte baja de mi espalda. -Está usted mucho más delgada que tres meses atrás -aseguró Sybil. -No -dijo ella-, si bien es cierto que lo parezco. En realidad esa sensación la producen sus modelos. Disimulan muy bien mis caderas -suspiró mientras se alisaba las protuberancias de su anatomía-. Siempre ha sido mi pesadilla. Durante años he intentado disimularlo atiesándome. Ahora ya no puedo hacerlo, pues tengo tanto estómago como... Tendrá usted que tener en cuenta ambas cosas, ¿podrá? -Me gustaría que viese a otras clientes. La señora Fellows seguía examinándose. -El estómago es peor -dijo-. Se ve más. Claro que eso puede parecérnoslo porque al hablar con la gente les damos la cara y entonces no ven la espalda. De todos modos he decidido vigilar mi estómago y dejar que lo otro se apañe solo. Estiró un poco más el cuello para contemplarse, y exclamó de repente: -¡Oh, esa muñeca me ataca los nervios! ¿Desde cuándo la tienen? Sybil miró insegura a Alicia, que parecía esforzarse en recordar. -No lo sé exactamente. Hace bastante tiempo... nunca me acuerdo de las cosas. Es terrible lo que me ocurre, sencillamente no puedo recordar! Sybil, ¿desde cuándo la tenemos? -No lo sé. -Es lo mismo; no se preocupen -intervino la señora Fellows-. De todos modos seguirá estropeando mis nervios. Parece vigilarnos y reírse de nosotras desde su envoltorio de terciopelo. Yo me desembarazaría de ella si fuese mía. Dicho esto acusó un ligero estremecimiento. Luego se puso a discutir sobre detalles de costura. ¿Era evidente acortar las mangas una pulgada? ¿Y el largo? Después que fueron solucionados tan importantes puntos, la señora Fellows se vistió sus prendas y se dispuso a marcharse. Al pasar por delante de la muñeca, volvió la cabeza. -No -dijo-. No me gusta la muñeca. Da la sensación de ser algo vivo; de ser algo que impone su presencia. No; decididamente, no me gusta. -¿Qué quiso decir? -preguntó Sybil mientras la señora Fellows descendía las escaleras. Antes de que Alicia pudiera contestar, la señora Fellows asomó la cabeza por la puerta. -¡Cielos! Me olvidé de Fou-Ling. ¿Dónde estás, príncipe? Las tres mujeres miraron a su alrededor. El pekinés se hallaba sentado junto a la silla de terciopelo verde. Sus ojos permanecían fijos en la fláccida muñeca, sin que denotase placer o resentimiento. Simplemente miraba. -Ven aquí, tesoro de mamita. El tesoro de mamita no hizo caso. -Cada día se vuelve más desobediente -explicó su dueña como si alabase una virtud-. Vamos, tesorito. Cariñito. Fou-Ling volvió la cabeza una pulgada y media hacia ella, y con manifiesto desdén continuó observando la muñeca. -Mi pequeño Fou-Ling está muy impresionado. No recuerdo que le haya sucedido eso antes. Le ocurre lo mismo que a mí. ¿Estaba la muñeca aquí la última vez que vine? Las dos mujeres se miraron. Sybil mantenía fruncido el ceño, y Alicia, al responder, hizo otro tanto. -Ya le dije que... no sé, no logro acordarme de nada. ¿Cuánto hace que la tenemos, Sybil? -¿Cómo llegó aquí? -preguntó la señora Fellows-. ¿La compraron ustedes? -Oh, no -Alicia pareció sorprenderse ante la idea-. Oh, no. Supongo que alguien me la regalaría. Desalentada, denegó con la cabeza antes de continuar: -Resulta enloquecedor que todo se vaya de la mente cuando una intenta recordar. -Anda, vamos; no seas estúpido, Fou-Ling. ¡Vamos, camina! Vaya, tendré que cogerte en brazos. Y en los brazos de su dueña, Fou-Ling emitió un corto ladrido de protesta, antes de salir de la estancia con la cabeza vuelta hacia la silla. -¡Esa muñeca rompe mis nervios! -exclamó la señora Groves. La señora Groves era la asistenta. Había acabado de fregar el suelo, moviéndose como los cangrejos. Entonces se hallaba en pie, y con un trapo sacudía el polvo de los muebles. -¡Qué cosa más extraña! -continuó-. Nadie advirtió su presencia hasta ayer. Y sucedió de repente, como usted misma me dijo. -¿No le gusta? -preguntó Sybil. -¡No! Ya lo he dicho: me rompe los nervios. Es... es antinatural, si me entiende lo que quiero decir. Sus largas piernas colgantes, el modo de yacer y la mirada astuta de sus ojos impresionan. -Nunca se ha quejado de ella -dijo Sybil, sorprendida. -Créame, hasta hoy me ha pasado inadvertida. Sí, ya sé que lleva tiempo aquí, pero... -enmudeció mientras en su rostro se reflejaba una expresión de miedo-. Parece una de esas criaturas terroríficas que una sueña a veces. La señora Groves recogió sus utensilios de limpieza y se dio prisa en abandonar la salita de pruebas. Sybil miró la muñeca y no pudo evitar una oprimente sensación inexplicable. La entrada de Alicia distrajo su atención. -Señorita Coombe, ¿desde cuándo tiene usted esta muñeca? -¿La muñeca? Querida, ya sabe que no recuerdo las cosas. Ayer... ¡qué absurdo! Ayer quise asistir a una conferencia y no había recorrido la mitad de la calle cuando advertí que no recordaba dónde iba. Después de mucho pensar me dije que sería a casa Fortnums. Había algo que deseaba comprar allí -se pasó la mano por la frente-. Le será difícil creerme, y, sin embargo, es verdad. Cuando tomaba el té en casa me acordé de la conferencia. Ya sé que la gente se vuelve desmemoriada con los años, pero a mí me ocurre demasiado pronto. Ahora mismo no sé dónde he puesto el bolso... y mis gafas. ¿Dónde puse las gafas? Las tenía hace un momento, ¡leía algo en el periódico! -Las gafas están en la repisa de la chimenea -dijo Sybil dándoselas-. ¿Desde cuándo está aquí la muñeca? ¿Quién se la regaló? -Son dos respuestas en blanco. Alguien debió de enviármela, supongo. Es raro, pero todos parecen extrañar su presencia aquí. -Desde luego. Sí, resulta curioso; yo misma soy incapaz de acordarme cuando la vi por vez primera. -No se vuelva como yo -exclamó Alicia-. Usted es joven todavía. -Esto no remedia mi falta de memoria, señorita Coombe. Ayer, al fijarme en ella, pensé que tenía algo... algo impalpable. Creo que la señora Groves está en lo cierto. La muñeca rompe los nervios de cualquiera. Y el caso es que ayer fui consciente de que esa sensación de captar un no sé qué en la muñeca, la he sentido antes, si bien no recuerdo en qué momento. En realidad es como si nunca la hubiese visto, y de pronto descubriese su presencia, segura de conocerla hace mucho tiempo. -Quizá un día entró volando por la ventana subida en una escoba -dijo Alicia-. Bien, el caso es que está aquí, y es nuestra. -Miró a su alrededor, antes de añadir-: No sabría imaginarme la habitación sin ella. ¿Y usted? -Tampoco -repuso Sybil, acusando un ligero estremecimiento-. Pero me gustaría poder... -Poder, ¿qué? -preguntó Alice. -Imaginar la habitación sin ella. -¡Caray! ¡Todos se ponen tontos con la muñeca! -exclamo Alicia, no de muy buen talante-. ¿Qué hay de malo en la pobre? Bueno, quizá parezca una col marchita. No, no es eso. La veo así porque no llevo puestas las gafas-. Se las colocó sobre la nariz y miró la muñeca-: Sí, desde luego causa cierta sensación nerviosa. Tal vez sea su mirada triste, aunque burlona. -Sorprende -dijo Sybil-, que la señora Fellows se sintiera molesta con ella, precisamente hoy. -Es una mujer que nunca oculta lo que piensa -repuso Alicia. -Conforme -insistió la otra-; pero lo extraño es que fuese hoy, como si antes no la hubiese visto. -La gente suele profesar antipatías repentinas. -Sí, es un aserto irrefutable. ¡Quién sabe! Posiblemente no estaba aquí ayer, y sea cierto que entró por la ventana como usted dijo. -¡Oh, no, querida! -repuso Alicia-. Eso fue una broma. Yo sé que está en su silla desde hace mucho tiempo. Sólo que hasta ayer no se hizo visible. -Sí, es una seguridad dormida en nuestro subconsciente. Desde luego hace tiempo que nos hace compañía, si bien hasta ahora no nos hemos percatado de su presencia. -¡Oh, Sybil! ¡Olvidémoslo! Me da escalofríos. ¿Supongo que no intenta construir una historia sobrenatural, ¿verdad? Cogió la muñeca, la sacudió, arregló sus hombros y volvió a sentarla en otra silla. La muñeca se movió ligeramente, hasta quedar en una postura de relajamiento. -¡Qué cosa más sorprendente! -exclamó Alicia, mirándola-. Es una cosa sin vida, y, no obstante, parece que la tiene. -¡Me ha descompuesto! -dijo la señora Groves, mientras quitaba el polvo de la habitación destinada a exposición-. Me temo que no me quedan ganas de volver al probador. -¿Quién la ha descompuesto? -preguntó Alice, que se hallaba sentada en un escritorio situado en un ángulo repasando varias cuentas-. Esta mujer -ahora hablaba para ella misma y no para la señora Groves-, piensa que tendrá dos vestidos de noche, tres de cóctel y otro de calle para todos los años sin pagar un solo penique. -¿Quién ha de ser? ¡Esa muñeca! -gritó la asistenta. -¡Vaya! ¿Otra vez la muñeca? -¿No la ha visto sentada al pupitre que hay en el probador, como si fuera un ser humano? ¡Me descompuso! -¿De qué habla usted, señora Groves? -preguntó Alicia. Ésta se puso en pie, cruzó la estancia y el recibidor y penetró en el salón de pruebas. La muñeca, como si fuera de carne y hueso, permanecía sentada en una silla, arrimada al pupitre, sobre el cual descansaban sus largos y fláccidos brazos. -Alguien ha querido gastarme una broma -dijo Alicia-. Pero hay tanta naturalidad en ella que parece estar viva. En aquel momento Sybil bajaba las escaleras del taller, con un vestido que debía de ser probado aquella mañana. -Venga, Sybil, y verá la muñeca sentada a mi pupitre, escribiendo cartas. Las dos mujeres se miraron. -Me gustaría saber quién la ha colocado ahí, ¿Fue usted? -No -contestó Sybil-. Quizá haya sido una de las chicas. -Una broma estúpida, de veras -se quejó Alicia. Cogió la muñeca del pupitre y la echó encima del sofá. Sybil colocó el vestido sobre una silla, y, luego, se fue al taller. -¿Conocen la muñeca de terciopelo que hay en el salón de pruebas? -preguntó. La encargada y tres chicas alzaron la vista. -¿Quién gastó la broma de sentarla al pupitre, esta mañana? Las tres chicas se miraron unas a otras, y Elspeth, la encargada, exclamó sorprendida: -¿Sentarla al pupitre? ¡Yo no! -Ni yo -dijo una de las chicas-. ¿Fuiste tú, Marlene? La aludida sacudió la cabeza. -¿No será una broma suya, Elspeth? El aspecto sombrío de la encargada no inducía a suponerla amiga de bromas, y mucho menos cuando tenía la boca llena de alfileres. -No, desde luego que no. Me sobra trabajo para entretenerme en jugar con muñecas. -Bueno -intervino Sybil, a quién sorprendió el temblor de su propia voz-. Después de todo es una broma bastante simpática. Me gustaría saber quién lo hizo. Las tres muchachas se defendieron. -Se lo hemos dicho, señorita. Ninguna de nosotras lo hizo, ¿verdad Marlene? -Yo no -afirmó ésta-. Y si Nillie y Margaret dicen que tampoco, pues ninguna de nosotras ha sido. -Ya ha escuchado antes mi respuesta -dijo Elspeth-. ¿A santo de que viene todo esto? ¿No habrá sido la señora Groves? Sybil denegó con un gesto de cabeza. -No; ella no se hubiese atrevido; está asustada. -Bajaré a ver la muñeca -dijo Elspeth. -Ya no está en el mismo sitio -informó Sybil-. La señorita Coombe la quitó del pupitre y la puso en el sofá. Pero alguien tuvo que ponerla en la silla. En realidad, su aspecto es gracioso, y no comprendo por qué se oculta quien lo hizo. -Señorita Fox; lo hemos negado dos veces -habló Margaret-. ¿Por qué se empeña en que mentimos? Ninguna de nosotras hubiera hecho una cosa tan tonta. -Lo siento -se excusó Sybil-. No quise ofenderlas. ¿Quién pudo ser? -Quizá fue ella sola -aventuró Marlene, que se puso a reír. Sybil no agradeció la sugerencia. -Está bien. Olvidemos lo sucedido -dijo antes de bajar de nuevo las escaleras. Alicia tarareaba una cancioncilla mientras buscaba algo a su alrededor. -He vuelto a perder mis gafas -explicó a Sybil-. No importa, en realidad no quiero ver nada en este momento. Lo malo para una persona tan ciega como yo, es que si pierde las gafas y carece de otro par de reserva, nunca logrará hallar las primeras. -Las buscaré yo -se ofreció Sybil-. Las tenía hace un momento. -Fui a la otra habitación cuando usted fue arriba. Quizá me las olvidé allí. Es una lata eso de las gafas. Quiero seguir con esas cuentas, ¿cómo lo haré si no las encuentro? -Iré a su dormitorio a buscarle el otro par. -Sólo tengo el par que uso. -¿Qué ha hecho de las otras? -No lo sé. Creía haberlas olvidado ayer en el restaurante. Pero me informaron por teléfono que no están allí. También llamé a dos tiendas, donde estuve de compras. -Oh, querida; necesita tres pares. -Sí, y entonces me pasaré la vida buscándolos. Es mejor tener un solo par. -Bueno, en alguna parte han de estar -dijo Sybil-. No ha salido usted de estas dos habitaciones. Si no aparecen aquí, han de estar en el probador. Sybil se encaminó a la otra sala, y tras detenida búsqueda infructuosa, se le ocurrió levantar la muñeca del sofá. -¡Ya las tengo! -gritó. -¿Dónde estaban Sybil? -Debajo de nuestra preciosa muñeca. Supongo que las dejaría en el sofá al ponerla allí. -No; estoy segura de no haberlo hecho. -Entonces se las quitaría ella. -¡Quién sabe! -dijo Alicia, mirando la muñeca-. Parece muy inteligente. -No me gusta su cara -afirmó Sybil-. Da la impresión de saber algo que nosotros ignoramos. -Su aspecto es triste y a la vez dulce -comentó Alicia. -¡Oh! Yo no advierto la más mínima dulzura en ella. -¿No? Quizá tenga razón. Bueno, sigamos con el trabajo. Lady Lee vendrá antes de diez minutos y quiero acabar estas facturas y mandarlas al correo. -¡Señorita Fox! ¡Señorita Fox! -¿Qué pasa, Margaret? ¿Qué ocurre? Sybil cortaba una pieza de género de satén sobre la mesa de trabajo. -¡Oh, señorita Fox! Se trata de la muñeca. Bajé el vestido castaño y vi la muñeca sentada delante del pupitre. ¡Yo no he sido, ni las otras chicas! Por favor, créame, nosotros no haríamos una cosa así. Las tijeras de Sybil se desviaron un poco. -¡Vaya! -exclamó enojada-. Mire lo que me ha hecho hacer. Espero que podrá arreglarse. Bueno, ¿qué pasa con la muñeca? -Vuelve a estar sentada ante el pupitre. Sybil bajó al probador. La muñeca se hallaba sentada al pupitre, exactamente como antes. -Eres muy decidida, ¿eh? -dijo a la muñeca. La cogió sin contemplaciones y la echó encima del sofá. -¡Ese es tu sitio, niña! ¡No te muevas de ahí! Luego se encaminó a la otra estancia. -Señorita Coombe. -Diga, Sybil. -Alguien nos toma el pelo. La muñeca volvía a estar sentada ante el pupitre. -¿Quién le parece que es? -Tiene que ser una de las tres de arriba. Seguramente lo considerará gracioso. Pero el caso es que todas juran ser inocentes. -¿No será Margaret? -No, no lo creo. Margaret estaba sorprendida cuando entró a decírmelo. En todo caso será esa burlona de Marlene. -Sea quien fuese, hace una tontería. -Estoy de acuerdo -dijo Sybil-. No obstante, pienso poner coto a eso. -¿Qué hará para evitarlo? -Ya lo verá. Aquella noche, antes de irse, cerró con llave el probador. -Me llevo la llave. -Comprendo -repuso Alicia, con cierto aire de diversión-, Usted piensa que soy yo, ¿verdad? Me considera tan distraída como para sentar a la muñeca al pupitre, y que escriba en mi lugar. ¡Claro, y luego me olvido de todo! -Está dentro de lo posible -admitió Sybil-. En realidad, sólo trato de asegurarme de que nadie repetirá la broma esta noche. Al día siguiente lo primero que hizo Sybil fue abrir la puerta del probador y entrar dentro. La señorita Groves, manifiestamente agraviada, esperaba con la bayeta en la mano en el recibidor. -¡Ahora veremos! -dijo Sybil. Y lo que vio la obligó a dar un respingo. La muñeca aparecía sentada al pupitre. -¡Sopla! -exclamó la sirvienta detrás de Sybil-. ¡Eso sí que es misterio! Señorita Fox, se ha puesto algo pálida, como si hubiera recibido un susto. Necesita un sedante. ¿Sabe si la señorita Coombe tiene algún potingue apropiado en su dormitorio? -Gracias; no lo necesito. Me encuentro bien. Entonces cogió la muñeca. -Alguien ha vuelto a gastarnos la misma broma -exclamó la señora Groves. -No comprendo cómo ha podido ser -repuso Sybil-. Cerré con llave anoche. ¡Nadie pudo entrar! -Puede que alguien tenga otra llave -aventuró la asistenta. -No lo creo. Nunca nos hemos molestado en cerrar el probador. La llave de esta puerta es antigua y sólo hay una. -Quizá encaje la de otra puerta, la de enfrente, por ejemplo. Probaron todas las llaves; pero ninguna abría la puerta del probador. -Es raro, señorita Coombe -aseguró Sybil más tarde, mientras comían juntas. En los ojos de la señorita chispeaba la diversión que todo aquello le producía. -Querida -le contestó-. Opino que es algo extraordinario. Deberíamos escribir al departamento de psiquiatría. Quien sabe, quizá se le ocurra enviarnos un especialista... un médium, o algo parecido, con el fin de comprobar qué hay de especial en el cuarto. -Parece ser que no le preocupa. -Tiene razón. En cierto modo, disfruto. A mi edad resulta divertido que ocurran cosas extrañas, inexplicables y misteriosas. Claro que... -se quedó pensativa un momento-. No; no creo que me guste. Bien, tendremos que admitir que la muñeca se toma muchas libertades, ¿no le parece? Aquella noche Sybil y Alicia volvieron a cerrar con llave la puerta. -Sigo creyendo que alguien se divierte con esta clase de bromas -afirmó decidida Sybil-. Si bien no comprendo por qué... Alice la interrumpió al preguntarle: -¿Cree que volveremos a encontrarla mañana sentada al pupitre? -Me temo que así sea. Se equivocaron. La muñeca no estaba al pupitre, pero sí en el alféizar de la ventana, mirando la calle. Y de nuevo les sorprendió la extraordinaria naturalidad de su posición. -¡Qué cosa más ridícula! -comentó Alicia mientras tomaban una taza de té aquella tarde. Las dos mujeres habían estado de acuerdo en tomar el té en la salita del despacho de Alicia, en vez de hacerlo como siempre, en el probador. -¿Ridículo en qué sentido? -Me refiero a esa tonta preocupación que nos embarga, sólo porque una muñeca cambia de posición y lugar. Pero si hasta entonces los movimientos de la muñeca parecían realizarse de noche, días después también se observaban a cualquier hora. Así, cada vez que entraban en el probador, aunque hubieran estado ausentes unos minutos, la encontraban en distinta postura o sitio. A veces quedaba en el sofá y aparecía en una silla, otras en el alféizar, o bien junto al pupitre. -Se traslada a su antojo -dijo Alicia-. Y creo, Sybil, que eso la divierte. Las dos mujeres miraban la figura inerte y fláccida de blando terciopelo, con su cara de seda pintada. -Sólo unos trozos de terciopelo, seda y algo de pintura, eso es lo que es -comentó Alicia-. Podríamos... bueno, creo que podríamos deshacernos de ella. -¿Cómo? -Pongámosla en el fuego. Sería una ceremonia semejante a la cremación de una bruja. También podemos tirarla al cubo de la basura. -Lo último no daría resultado. Seguro que alguien la sacaría para devolvérnosla. -¿Y si la enviásemos a una de esas sociedades que tantas veces nos piden cosas para sus tómbolas o subastas? Me parece que ésta sería una buena idea. -No sé... no sé... -Sybil denotaba duda y preocupación-. Tampoco me ofrece confianza. -¿Por qué? -Temo que volvería. -¿Que volvería con nosotras? -Sí. -¿Quiere usted decir que haría lo mismo que una paloma mensajera? -Sí. -¿No estaremos perdiendo la cabeza? -preguntó Alicia-. Quizá sí, quizá yo me he chiflado y usted se divierte a costa mía. -No, no eso no. Sin embargo, me siento presa de una desagradable sensación, como si ella fuera demasiado fuerte para nosotras. -¿Qué dice? ¿Esa masa de harapos? -Sí, esa horrible masa fláccida de harapos. ¿No lo ve? ¡Es tan decidida! -¿Decidida? -Hace lo que le da la gana. Se comporta como si esta habitación le perteneciera en exclusiva. -Sí -dijo Alicia, mirando a su alrededor-. En realidad, siempre ha sido su habitación. Se me ocurrió que hacía juego con los colores que predominan -y añadió con mayor viveza-: Pero resulta absurdo que una muñeca se adueñe de una estancia. Y lo malo no es eso; lo malo es que la señora Graves se niega a entrar para hacer la limpieza. -¿Se niega porque le asusta la muñeca? -No. Simplemente da una u otra excusa -en su voz había pánico al continuar-: ¿Qué haremos, Sybil? ¡Acabara conmigo! No he logrado diseñar nada desde hace varias semanas. -¡Oh! Yo tampoco logro fijar la mente cuando trabajo -confesó Sybil-. Y eso hace que cometa errores imperdonables. Quizá... -dudó un momento antes de proseguir-, quizá la idea de escribir al centro de investigación psíquica fuese una solución. -¡Nos creerían un par de locas! -exclamó Alicia-. No lo dije en serio. No; decididamente, no. Seguiremos así hasta que... -¿Hasta qué...? -¡Oh, no lo sé! -la risa de Alicia sonó insegura. Al día siguiente Sybil encontró la puerta del probador cerrada con llave. -Señorita Coombe, ¿tiene la llave? ¿La cerró usted anoche? -Sí, la cerré y ya va a permanecer así. -¿Qué quiere usted decir? -Sencillamente: que renuncio a esa habitación. ¡Que se la quede la muñeca! No necesitamos esa estancia. Probaremos aquí. -Pero esta es su salita despacho. -No importa. -¿De veras no entrará más en el probador? -preguntó Sybil incrédula. -¡Exacto! -Pero, ¿y la limpieza? Se pondrá horrible de suciedad. -¡Qué se ponga! Si el probador se ha convertido en lugar privado de una muñeca, pues... ¡para ella! Eso sí, que limpie la habitación -y añadió-: Nos odia, ¿no lo sabe? -¿Qué dice? -preguntó asombrada Sybil-. ¿Qué la muñeca nos odia? -Sí. ¿No se ha percatado de ello al mirarla? -Creo que sí -comentó pensativa, Sybil-. Creo que sí lo advertí. Hace mucho tiempo que tengo la sensación de que nos odia y quiere echarnos de allí. -Es muy cruel -aseguró Alicia-. Bueno, desde ahora podrá vivir satisfecha. Durante algunos días hubo paz en el taller de modistas. Alicia explicó al resto del personal que había renunciado temporalmente al probador, pues eran demasiadas habitaciones para limpiar todos los días. Eso no evitó que aquella misma tarde una de las obreras dijese a otra compañera: -Realmente está ida la señorita Coombe. Siempre me pareció algo rara; sobre todo cuando pierde las cosas y las olvida. Ahora se pasa de la raya. ¡Mira que tenerle ojeriza a la muñeca! -¿No temes que se vuelva loca -preguntó la otra-, y un mal día nos apuñale, o intente algo parecido? Alicia, que las oyó, se sentó indignada en su silla. «¿Qué yo estoy ida?» -se preguntó-. Luego, furiosa, dijo en voz alta: -En realidad, si no fuera por Sybil, creería que es verdad. Ella y la señora Groves temen, como yo, que hay algo en la muñeca. Tres semanas más tarde Sybil dijo a Alicia: -Es necesario que entremos en el probador. -¿Para qué? -Debe hallarse muy sucio. Además, las polillas atacarán cuanto hay allí dentro. Sería mejor barrer y quitar el polvo, y luego cerrar de nuevo. -Prefiero que siga como está antes de entrar otra vez. -Es usted más supersticiosa que yo -dijo Sybil. -Eso parece -contestó Alicia-. En cierto modo, al principio me divertía. Sin embargo, bien se ve que soy más crédula que usted. Realmente estoy asustada, y prefiero no entrar en esa habitación. -En tal caso, entraré sola -afirmó Sybil. -Muy bien. Pero confiese que lo hace por simple curiosidad. -Tiene usted razón. Me siento curiosa. Quiero ver qué ha hecho la muñeca. -Sería mejor no molestarla. Desde que la dejamos sola parece estar satisfecha. ¿Para qué perturbar su tranquilidad? -Alicia suspiró hondamente-. ¡Qué bobadas decimos! -¿Seguro que son bobadas? En todo caso es ella quien nos obliga a decirlas. Y... ¡déme la llave! -¡Está bien; está bien! -¿Teme que salga de la habitación o algo parecido? Si es capaz de eso, también podría atravesar puertas y ventanas. Sybil abrió el probador. -¡Qué cosa más extraña! -dijo. -¿Qué pasa? -preguntó Alicia, mirando por encima del hombro de Sybil. -Apenas hay polvo. Y, lógicamente, después de tan tiempo tendría que haberlo. -Sí, es raro. -¡Mírela! -invitó Sybil. La muñeca se hallaba en el sofá. En vez de fláccida, aparecía erguida con un cojín detrás de ella, mostrando ese aire inconfundible de quien se sabe dueña y señora de su casa. Por su actitud, cualquiera hubiese creído que esperaba visita. -Ya lo ve -dijo Alicia-. Parece encontrarse en su hogar. Casi siento la necesidad de pedir excusas. -Vámonos. Sybil volvió a cerrar la puerta. Las dos mujeres se miraron, visiblemente temerosas. -Me gustaría saber por qué nos asusta tanto -dijo Alicia. -¡Cielos! ¿y quién no se asustaría? -preguntó la otra. -Bueno, pero después de todo, ¿qué es lo que sucede? ¡Nada; absolutamente nada! Sólo se trata de una especie de marioneta que se mueve a su antojo por la habitación. -¿Y si no es ella? ¿Y si fuera obra de un prestidigitador? -¡Quién lo sabe! -No, seguro que no es eso. Es... la muñeca. -¿Está segura de que ignora su procedencia, señorita Coombe? -No tengo ni la menor idea. Y cuanto más lo pienso, más me afianzo en la creencia de que ni la compré ni me la regalaron. Para mí, es que vino sola. -¿Y se irá algún día del mismo modo que vino? -¿Por qué ha de irse? Ha logrado cuanto deseaba. Sin embargo, la muñeca no debía de haber conseguido cuanto deseaba. Pues, al día siguiente, Sybil, al entrar en el salón de exposiciones, se quedó con la boca abierta. Luego gritó por el hueco de las escaleras. -¡Señorita Coombe! ¡Señorita Coombe; baje en seguida! -¿Qué ocurre? Alicia, que se había levantado tarde, descendió cojeando pues sentía dolor reumático en la rodilla derecha. -¿Qué pasa, Sybil? -¡Véalo usted misma! Desde el umbral del salón, Alicia contempló la muñeca, que aparecía sentada en un sillón, tranquilamente apoyada contra el brazo del mismo. -Ha salido -susurró Sybil-. Se ha salido del probador. Seguro que ahora quiere adueñarse de este salón. Alicia se sentó junto a la puerta. -No me extrañaría que piense en quedarse con todas las dependencias. -Podría ser -dijo Sybil. -¡Desagradable y perversa muñeca! -gritó Alicia-. ¿Por qué nos fastidias? ¡No te queremos! Tanto ella como Sybil creyeron percibir que se movía. Fue algo parecido a un relajamiento de sus miembros de trapo. El largo brazo que descansaba en el sofá, medio le ocultaba el rostro, como si las observase astuta y maliciosamente. -¡Criatura horrible! -volvió a gritar Alicia-. ¡No puedo soportarte! ¡No puedo soportarte más! Su acción sorprendió a Sybil. Corrió al interior de la estancia, cogió la muñeca, se fue a la ventana, la abrió y tiró el manojo de trapos a la calle. Sybil, asustada, no pudo reprimir un grito: -¡Alicia! ¿Qué ha hecho? Estoy segura de que no debió hacerlo. Luego se unió a ella en la ventana. Sobre el pavimento, la muñeca yacía boca abajo. -¡La ha matado! -dijo entrecortadamente Sybil. -¡No sea absurda! ¿Cómo puedo matar una cosa de terciopelo y seda? -Es horriblemente real -murmuró Sybil. -¡Cielos! Aquella niña... Una niña de corta edad, mal vestida, se paró junto a la muñeca en la acera. Miró arriba y abajo de la calle, que apenas tenía tránsito en aquella hora de la mañana, si bien pasaban algunos coches; luego, como satisfecha de su inspección, recogió la muñeca y echó a correr. -¡Párate! ¡Párate! -gritó Alicia. Ésta se volvió a Sybil. -¡Esa niña no debe llevarse la muñeca! ¡No debe! Esa muñeca es peligrosa... Tenemos que evitarlo. En aquel momento tres taxis circulaban por una dirección y dos camiones por la otra. La niña tuvo que detenerse en una isla en el centro de la calzada. Sybil bajó presurosa las escaleras, seguida de Alicia. Sortearon un par de vehículos, y, al fin, llegaron a la isla antes de que la niña cruzase al lado opuesto. -No puedes llevarte esa muñeca -dijo Alicia-. Devuélvemela. La niña, delgada, de unos ocho años y algo bizca, la miró desafiadora. -¿Por qué tengo que dársela? Usted la tiró por la ventana, ¿no? Yo vi cómo lo hacía. Si usted la tiró por la ventana es que no la quiere. ¡Ahora es mía! -Te compraré otra -ofreció Alicia-. Iremos a la tienda de juguetes que tú digas, y te compraré la mejor muñeca que tengan. Pero devuélveme ésta. -¡No! La niña estrechó protectoramente en sus brazos a la muñeca de terciopelo. -Tienes que devolvérsela -dijo Sybil-. No es tuya. Quiso arrebatársela, pero la pequeña dio una patada en el suelo, y les gritó: -¡No! ¡No! ¡No! Es bien mía. La quiero. Ustedes no la quieren. La odian. Si no la odiaran no la hubieran tirado por la ventana. Yo la quiero, y eso es lo que ella necesita; que la amen. Luego se deslizó como una anguila entre los vehículos y cruzó la calle, siguió por una callejuela, y desapareció antes de que las dos mujeres se atreviesen a cruzar. -Se ha ido -exclamó Alicia desalentada. -La muñeca necesita que la amen -repitió Sybil. -Puede que sea verdad. Quizá sea cuanto quiso la pobre; ser amada. En el centro de una calle londinense, dos mujeres se miraron asustadas.
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Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956. Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araba verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía. Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía -pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente-. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares ("corazones" no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo. Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecieron a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba. Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo. Pensé: Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes. Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. "Qué tremenda tarea", pensé. "Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón..?" Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante ¡Clavar en un madero al hijo de Dios..! Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa). Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto. Parece que le habían puesto veneno en la comida.
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-Y ésta -dijo Jane Helier completando la presentación- es la señorita Marple. Como era actriz, supo darle entonación a la frase, una mezcla de respeto y triunfo. Resultaba extraño que el objeto tan orgullosamente proclamado fuese una solterona de aspecto amable y remilgado. En los ojos de los dos jóvenes que acababan de trabar conocimiento con ella gracias a Jane, se leía incredulidad y una ligera decepción. Era una pareja muy atractiva; ella, Charmian Straud, esbelta y morena... él era Eduardo Rossiter, un gigante rubio y afable. Charmian dijo, algo cortada: -¡Oh!, estamos encantados de conocerla. Mas sus ojos no corroboraban tales palabras y los dirigió interrogadores a Jane Helier. -Querida -dijo ésta, respondiendo a la mirada-, es maravillosa. Déjenselo todo a ella. Te dije que la traería aquí y eso he hecho -se dirigió a la señorita Marple-. Usted lo arreglará. Le será fácil. La señorita Marple volvió sus ojos de un color azul porcelana hacia el señor Rossiter. -¿No quiere decirme de qué se trata? -le dijo. -Jane es amiga nuestra -intervino Charmian, impaciente-. Eduardo y yo estamos en un apuro. Y Juana nos dijo que si veníamos a su fiesta nos presentaría a alguien que era... que haría... que podría... Eduardo acudió en su ayuda. -Jane nos dijo que era usted la última palabra en sabuesos, señorita Marple. Los ojos de la solterona parpadearon de placer, mas protestó con modestia: -¡Oh, no, no! Nada de eso. Lo que pasa es que viviendo en un pueblecito como vivo yo, una aprende a conocer a sus semejantes. ¡Pero la verdad es que ha despertado usted mi curiosidad! Cuénteme su problema. -Me temo que sea algo vulgar... Se trata de un tesoro enterrado -explicó Eduardo Rossiter. -¿De veras? ¡Pues me parece muy interesante! -¿Sí? ¡Como la Isla del Tesoro! Nuestro problema carece de detalles románticos. No hay un mapa señalado con una calavera y dos tibias cruzadas, ni indicaciones como por ejemplo..., «cuatro pasos a la izquierda; dirección noroeste». Es terriblemente prosaico... Ni tan solo sabemos dónde hemos de escarbar. -¿Lo ha intentado ya? -Yo diría que hemos removido dos acres cuadrados. Todo el terreno lo hemos convertido casi en un huerto, y sólo nos falta decidir si sembramos coles o papas. -¿Podemos contárselo todo? -dijo Charmian con cierta brusquedad. -Pues claro, querida. -Entonces busquemos un sitio tranquilo. Vamos, Eduardo. Y abrió la marcha en dirección a una salita del segundo piso, luego de abandonar aquella estancia tan concurrida y llena de humo. Cuando estuvieron sentados, Charmian comenzó su relato. -¡Bueno, ahí va! La historia comienza con tío Mathew, nuestro tío... o mejor dicho, tío abuelo de los dos. Era muy viejo. Eduardo y yo éramos sus únicos parientes. Nos quería y siempre dijo que a su muerte repartiría su dinero entre nosotros. Bien, murió (el mes de marzo pasado) y dejó dispuesto que todo debía repartirse entre Eduardo y yo. Tal vez por lo que he dicho le parezca a usted algo dura... no quiero decir que hizo bien en morirse... los dos lo queríamos..., pero llevaba mucho tiempo enfermo. El caso es que ese «todo» que nos había dejado resultó ser prácticamente nada. Y eso, con franqueza, fue un golpe para los dos, ¿no es cierto, Eduardo? El bueno de Eduardo asintió: -Habíamos contado con ello -explicó-. Quiero decir que cuando uno sabe que va a heredar un buen puñado de dinero..., bueno, no se preocupa demasiado en ganarlo. Yo estoy en el ejército... y no cuento con nada más, aparte de mi paga... y Charmian no tiene un peso. Trabaja como directora de escena de un teatro... cosa muy interesante... pero que no da dinero. Teníamos el propósito de casarnos, pero no nos preocupaba la parte monetaria, porque ambos sabíamos que llegaría un día en que heredaríamos. -¡Y ahora resulta que no heredamos nada! -exclamó Charmian-. Lo que es más, Ansteys... que es la casa solariega, y que tanto queremos Eduardo y yo, tendrá que venderse. ¡Y no podemos soportarlo! Pero si no encontramos el dinero de tío Mathew, tendremos que venderla. -Charmian, tú sabes que todavía no hemos llegado al punto vital -dijo el joven. -Bien, habla tú entonces. Eduardo se volvió hacia la señorita Marple. -Verá usted -dijo-. A medida que tío Mathew iba envejeciendo, se volvía cada vez más suspicaz, y no confiaba en nadie. -Muy inteligente por su parte -replicó la señorita Marple-. La corrupción de la naturaleza humana es inconcebible. -Bueno, tal vez tenga usted razón. De todas formas, tío Mathew lo pensó así. Tenía un amigo que perdió todo su dinero en un Banco, y otro que se arruinó por confiar en su abogado, y él mismo perdió algo en una compañía fraudulenta. De este modo se fue convenciendo de que lo único seguro era convertir el dinero en barras de oro y plata y enterrarlo en algún lugar adecuado. -¡Ah! -dijo la señorita Marple-. Empiezo a comprender algo. -Sí. Sus amigos discutían con él, haciéndole ver que de este modo no obtendría interés alguno de aquel capital, pero él sostenía que eso no le importaba. «El dinero -decía- hay que guardarlo en una caja debajo de la cama o enterrarlo en el jardín». Y cuando murió era muy rico. Por eso suponemos que debió enterrar su fortuna. Descubrimos que había vendido valores y sacado grandes sumas de dinero de vez en cuando, sin que nadie sepa lo que hizo con ellas. Pero parece probable que fiel a sus principios comprara oro para enterrarlo y quedar tranquilo -explicó Charmian. -¿No dijo nada antes de morir? ¿No dejó ningún papel? ¿O una carta? -Esto es lo más enloquecedor de todo. No lo hizo. Había estado inconsciente durante varios días, pero recobró el conocimiento antes de morir. Nos miró a los dos, se rió... con una risita débil y burlona, y dijo: «Estarán muy bien, pareja de tortolitos.» Y señalándose un ojo... el derecho... nos lo guiñó. Y entonces murió... -Se señaló un ojo -repitió la señorita Marple, pensativa. -¿Saca alguna consecuencia de esto? -le preguntó Eduardo con ansiedad-. A mí me hace pensar en el cuento de Arsenio Lupin. Algo escondido en un ojo de cristal. Pero nuestro tío Mathew no tenía ningún ojo de cristal. -No -dijo la señorita Marple meneando la cabeza-. No se me ocurre nada, de momento. -¡Juana nos dijo que usted nos diría en seguida dónde teníamos que buscar! -se lamentó Charmian, contrariada. -No soy precisamente una adivina -la señorita Marple sonreía-. No conocí a su tío, ni sé la clase de hombre que era, ni he visto la casa que les legó ni sus alrededores. -¿Y si visitase aquello, lo sabría? -preguntó Charmian. -Bueno, la verdad es que entonces resultaría bastante sencillo -replicó la señorita Marple. -¡Sencillo! -repitió Charmian-. ¡Venga usted a Ansteys y vea si descubre algo! Tal vez no esperaba que la señorita Marple tomara en serio sus palabras, pero la solterona repuso con presteza: -Bien, querida, es usted muy amable. Siempre he deseado tener ocasión de buscar un tesoro enterrado. ¡Y, además, en beneficio de una pareja de enamorados! -concluyó con una sonrisa resplandeciente. -¡Ya ha visto usted! -exclamó Charmian con gesto dramático. Acababan de realizar el recorrido completo de Ansteys. Estuvieron en la huerta, convertida en un campo atrincherado. En los bosquecillos, donde se había cavado al pie de cada árbol importante, y contemplaron tristemente lo que antes fuera una cuidada pradera de césped. Subieron al ático, contemplando los viejos baúles y cofres con su contenido esparcido por el suelo. Bajaron al sótano, donde cada baldosa había sido levantada. Midieron y golpearon las paredes y la señorita Marple inspeccionó todos los muebles que tenían o pudieran tener algún cajón secreto. Sobre una mesa había un montón de papeles... todos los que había dejado el fallecido Mathew Straud. No se destruyó ninguno y Charmian y Eduardo repasaban una y otra vez las facturas, invitaciones y correspondencia comercial, con la esperanza de descubrir alguna pista. -Cree usted que nos hemos olvidado de mirar en algún sitio? -le preguntó Charmian a la señorita Marple. -Me parece que ya lo han mirado todo, querida -dijo la solterona moviendo la cabeza-. Tal vez si me permiten decirlo, han mirado demasiado. Siempre he pensado que hay que tener un plan. Es como mi amiga la señorita Eldritch, que tenía una doncella estupenda que enceraba el linóleo a las mil maravillas, pero era tan concienzuda que incluso enceró el suelo del cuarto de baño, y cuando la señora Eldritch salía de la ducha, la alfombrita se escurrió bajo sus pies, y tuvo tan mala caída que se rompió una pierna. Fue muy desagradable, pues naturalmente la puerta del cuarto de baño estaba cerrada y el jardinero tuvo que coger una escalera y entrar por la ventana... con gran disgusto de la señora Eldritch, que era una mujer muy pudorosa. Eduardo se removió, inquieto. -Por favor, perdóneme -apresuró a decir la señorita Marple-. Siempre tengo tendencia a salirme por la tangente. Pero es que una cosa me recuerda otra, y algunas veces me resulta provechoso. Lo que quise decir es que tal vez si intentáramos aguzar nuestro ingenio y pensar en un lugar apropiado... -Piénselo usted, señorita Marple -dijo Eduardo, contrariado-. Charmian y yo tenemos el cerebro en blanco. -Vamos, vamos. Claro... es una dura prueba para ustedes. Si no les importa voy a repasar bien estos papales. Es decir, si no hay nada personal... no me gustaría que pensaran ustedes que me meto en lo que no me importa. -Oh, puede hacerlo. Pero me temo que no va a encontrar nada. Se sentó a la mesa y metódicamente fue mirando el fajo de documentos... y clasificándolos en varios montoncitos. Cuando hubo concluido se quedó mirando al vacío durante varios minutos. Eduardo le preguntó, no sin cierta malicia: -¿Y bien, señorita Marple? Miss Marple se rehizo con un ligero sobresalto. -Le ruego me perdone. Estos documentos me han servido de gran ayuda. -¿Ha descubierto algo importante? -¡Oh!, no, nada de eso. Pero creo que ya sé qué clase de hombre era su tío Mathew... bastante parecido a mi tío Enrique, que era muy aficionado a las bromas. Un solterón sin duda... me pregunto por qué... ¿tal vez a causa de un desengaño prematuro? Metódico hasta cierto punto, pero poco amigo de sentirse atado..., como casi todos los solterones. A espaldas de la señorita Marple, Charmian hizo un gesto a Eduardo que significaba: «Está loca del todo.» Miss Marple seguía hablando de su difunto tío Enrique. -Era muy aficionado a las charadas -explicaba-. Para algunas personas las charadas resultan muy difíciles y les molestan. Un mero juego de palabras puede irritarles. También era un hombre receloso. Siempre pensaba que los criados le robaban. Y algunas veces era verdad, aunque no siempre. Se convirtió en su obsesión. Hacia el fin de su vida pensó que envenenaban su comida, y se negó a comer otra cosa que huevos pasados por agua. Decía que nadie podía alterar el contenido de un huevo. Pobre tío Enrique, ¡era tan alegre en otros tiempos! Le gustaba mucho tomar café después de cenar. Solía decir: «Este café es muy negro», y con ello quería significar que deseaba otra taza. Eduardo pensó que si oía algo más sobre el tío Enrique se volvería loco. -Le gustaban mucho las personas jóvenes -proseguía la señorita Marple-, pero se sentía inclinado a atormentarlos un poco... no sé si me entenderán... Solía poner bolsas de caramelos donde los niños no pudieran alcanzarlas. Dejando los cumplidos a un lado, Charmian exclamó: -¡Me parece horrible! -¡Oh, no, querida!, sólo era un viejo solterón, y no estaba acostumbrado a los pequeños. Y la verdad es que no era nada tonto. Acostumbraba a guardar mucho dinero en la casa, y tenía un escondite seguro. Armaba mucho alboroto por ello... diciendo lo bien escondido que estaba. Y por hablar demasiado, una noche entraron los ladrones y abrieron un boquete en el escondrijo. -Le estuvo muy bien empleado -exclamó Eduardo. -Pero no encontraron nada -replicó la señorita Marple-. La verdad es que guardaba su dinero en otra parte... detrás de unos libros de sermones, en la biblioteca. ¡Decía que nadie los sacaba nunca de aquel estante! -Oiga, es una idea -interrumpió Eduardo, excitado-. ¿Qué le parece si miráramos en la biblioteca? Charmian meneó la cabeza. -¿Crees que no he pensado en eso? El martes pasado miré todos los libros cuando tú fuiste a Portsmouth. Los saqué uno por uno y los sacudí. Tampoco en la biblioteca hay nada. Eduardo exhaló un suspiro. Levantándose de su asiento se dispuso a deshacerse con tacto de su insoportable visitante. -Ha sido usted muy amable al intentar ayudarnos. Siento que no haya servido de nada. Comprendo que hemos abusado de su tiempo. No obstante... sacaré el coche y podrá alcanzar el tren de las tres treinta... -¡Oh! -repuso la señorita Marple-, pero antes tenemos que encontrar el dinero, ¿verdad? No debe darse por vencido, señor Rossiter. Si la primera vez no tiene éxito, hay que intentarlo otra y otra, y otra vez. -¿Quiere decir que va a continuar intentándolo? -Pues para hablar con exactitud -replicó la solterona- todavía no he empezado. Primero se coge la liebre... como dice la señora Beeton en su libro de cocina... un libro estupendo, pero terriblemente imposible... la mayoría de sus recetas empiezan diciendo: «Se toma una docena de huevos y una libra de mantequilla.» Déjeme pensar..., ¿por dónde iba? Oh, sí. Bien, ya tenemos, por así decirlo, nuestra liebre, que es, naturalmente, el tío Mathew, y ahora sólo nos falta decidir dónde podría haber escondido el dinero. Puede que sea bien sencillo. -¿Sencillo? -se extrañó Charmian. -Oh, sí, querida. Estoy segura de que habrá utilizado el medio más fácil. Un cajón secreto... ésa es mi solución. Eduardo dijo con sequedad: -No pueden guardarse muchos lingotes de oro en un cajoncito secreto. -No, no, claro que no. Pero no hay razón para creer que el dinero fuese convertido en oro. -Él siempre decía... -¡Y mi tío Enrique siempre hablaba de su escondrijo! Por eso creo firmemente que lo dijo para despistar. Los diamantes pueden esconderse con facilidad en un cajón secreto. -Pero ya lo hemos mirado todo. Hicimos venir a un técnico para que examinase los muebles. -¿De veras, querida? Hizo usted muy bien. Yo diría que el escritorio de su tío es el lugar más apropiado. ¿Es aquél que está apoyado contra la pared? -Sí. Voy a enseñárselo. Charmian se acercó al mueble y lo abrió. En su interior aparecieron varios casilleros y cajoncitos. Luego, accionando una puertecita que había en el centro, tocó un resorte situado en el interior del cajón de la izquierda, El fondo de la caja del centro se adelantó y la joven la sacó dejando un hueco descubierto. Estaba vacío. -¿No es casualidad? -exclamó la señorita Marple-. Mi tío Enrique tenía un escritorio igual que éste sólo que era de madera de nogal y éste es de caoba. -De todas maneras -dijo Charmian-, como puede usted ver, aquí no hay nada. -Me imagino -replicó la señorita Marple- que ese experto que trajeron ustedes sería joven..., y no lo sabía todo. La gente era muy mañosa para construir sus escondrijos en aquellos tiempos. A veces hay un secreto dentro de otro secreto. Y quitándose una horquilla de entre sus cuidados cabellos grises, la enderezó y apretó con ella un punto de la caja secreta en el que parecía haber un diminuto agujero tal vez producido por la carcoma, y sin grandes dificultades sacó un cajón pequeñito. En él apareció un fajo de cartas descoloridas y un papel doblado. Eduardo y Charmian se apoderaron del hallazgo. Eduardo desplegó el papel con dedos temblorosos, mas lo dejó caer con una exclamación de disgusto. -¡Una receta de cocina! ¡Jamón al horno! ¡Bah! Charmian estaba desatando la cinta que sujetaba el fajo de cartas. Y sacando una exclamó: -¡Cartas de amor! -¡Qué interesante! -exclamó la señorita Marple-. Tal vez nos explique la razón de que no se casara su tío. Charmian leyó: «Mi querido Mathew, debo confesarte que el tiempo se me ha hecho muy largo desde que recibí tu última carta. Trato de ocuparme en las distintas tareas que me fueron encomendadas, y me digo a menudo lo afortunada que soy al poder ver tantas partes del globo, aunque bien poco pensaba, cuando me fui a América, que iba a viajar hasta estas lejanas islas.» Charmian hizo una pausa. -¿Dónde está fechado esto? ¡Oh, en Hawai! «Cielos, estos nativos están todavía muy lejos de ver la luz. Viven semidesnudos y en un estado completamente salvaje; pasan la mayor parte del tiempo nadando o bailando, y adornándose con guirnaldas de flores. El señor Gray ha conseguido convertir a algunos, pero es una tarea difícil y él y su esposa se sienten muy descorazonados. Yo procuro hacer lo que puedo para animarlo, mas yo también me siento triste a menudo por la razón que puedes adivinar, querido Mathew. La ausencia es una dura prueba para un corazón enamorado. Tus renovadas promesas de amor me causaron gran alegría. Ahora y siempre te pertenecerá mi corazón, querido Mathew, y seré siempre tuya, betty martin P. D.: Dirijo mi carta a nuestra mutua amiga Matilde Graves, como de costumbre. Espero que el Cielo perdone este subterfugio.» Eduardo lanzó un silbido. -¡Una misionera! Conque ése fue el amor de tío Mathew. Me pregunto por qué no se casaron. -Al parecer recorrió casi todo el mundo -dijo Charmian examinando las misivas-. Mauricio... toda clase de sitios. Probablemente moriría víctima de la fiebre amarilla o algo así. Una risa divertida les sobresaltó. La señorita Marple lo estaba pasando en grande. -Vaya, vaya -dijo-. ¡Fíjense en esto ahora! Estaba leyendo para sí la receta de jamón al horno, y al ver sus miradas interrogadoras, prosiguió en voz alta: «Jamón al horno con espinacas. Se toma un pedazo bonito de jamón, rellénese de dientes de ajo y cúbrase con azúcar moreno. Cuézase a fuego lento. Servirlo con un borde de puré de espinacas.» -¿Qué opinan de esto? -Yo creo que debe resultar un asco -dijo Eduardo. -No, no, tiene que resultar muy bueno..., pero, ¿qué opinan de todo esto? -¿Usted cree que se trata de una clave... o algo parecido? -exclamó Eduardo con el rostro iluminado y cogiendo el papel-. Escucha, Charmian, ¡podría ser! Por otra parte, no hay razón para guardar una receta de cocina en un lugar secreto. -Exacto -repuso la señorita Marple. -Ya sé lo que puede ser... una tinta simpática -dijo Charmian-. Vamos a calentarlo. Enciende una bombilla. Pero hecha la prueba, no apareció ningún signo de escritura invisible. -La verdad -dijo la señorita Marple, carraspeando-, creo que lo están complicando demasiado. Esta receta es sólo una indicación, por así decir. Según mi parecer, son las cartas lo significativo. -¿Las cartas? -Especialmente la firma. Mas Eduardo apenas la escuchaba, y gritó excitado: -¡Charmian! ¡Ven aquí! Tiene razón... Mira... los sobres son bastante antiguos, pero las cartas fueron escritas muchos años después. -Exacto -repuso la señorita Marple. -Sólo se ha tratado de que parezcan antiguas. Apuesto a que el propio tío Mathew lo hizo... -Precisamente -confirmó la solterona. -Todo esto es un engaño. Nunca existió esa misionera. Debe tratarse de una clave. -Mis queridos amigos... no hay necesidad de complicar tanto las cosas. Su tío en realidad era un hombre muy sencillo. Quería gastarles una pequeña broma. Eso es todo. Por primera vez le dedicaron toda su atención. -¿Qué es exactamente lo que quiere usted decir, señorita Marple? -preguntó Charmian. -Quiero decir que en este preciso momento tiene usted el dinero en la mano. Charmian miró el papel. -La firma, querida. Ahí es donde está la solución. La receta es sólo una indicación. Ajos, azúcar moreno y lo demás, ¿qué es en realidad? Jamón y espinacas. ¿Qué significa? Una tontería. Así que está bien claro que lo importante son las cartas. Y entonces si consideran lo que su tío hizo antes de morir... guiñarles un ojo, según dijeron ustedes. Bien... eso, como ven, les da la pista. -¿Está usted loca o lo estamos todos? -exclamó Charmian. -Sin duda, querida, debe haber oído alguna vez la expresión que se emplea para significar que algo no es cierto, ¿o es que ya no se utiliza hoy en día? Tengo más vista que Betty Martin. Eduardo susurró mirando la carta que tenía en la mano: -Betty Martin... -Claro, señor Rossiter. Como usted acaba de decir, no existe... no ha existido jamás semejante persona. Las cartas fueron escritas por su tío, y me atrevo a asegurar que se debió divertir de lo lindo. Como usted dice, la escritura de los sobres es mucho más antigua... en resumen, los sobres no corresponden a las cartas, porque el matasello de una de ellas data de 1851. Hizo una pausa y repitió con énfasis. -Mil ochocientos cincuenta y uno. Y eso lo explica todo, ¿verdad? -A mí no me dice nada absolutamente -repuso Eduardo. -Pues está bien claro -replicó la señorita Marple-. Confieso que no se me hubiera ocurrido, a no ser por mi sobrino-nieto Lionel. Es un muchacho encantador y un apasionado coleccionista de sellos. Sabe todo lo referente a la filatelia. Fue él quien me habló de ciertos sellos raros y rarísimos, y de un nuevo hallazgo que había sido vendido en subasta. Y ahora recuerdo que mencionó uno... de 1851 de 2 céntimos y color azul. Creo que vale unos veinticinco mil dólares. ¡Imagínese! Me figuro que los demás también serán ejemplares raros y de precio. No dudo de que su tío los compraría por medio de intermediarios y tendría buen cuidado en «despistar», como se dice en los relatos de detectives. Eduardo lanzó un gemido y, sentándose, escondió el rostro entre las manos. -¿Qué te ocurre? -quiso saber Charmian. -Nada. Es sólo de pensar que a no ser por la señorita Marple, pudimos haber quemado esas cartas para no profanar los recuerdos sentimentales de nuestro tío. -¡Ah! -replicó la señorita Marple-. Eso es lo que no piensan nunca esos viejos aficionados a las bromas. Recuerdo que mi tío Enrique envió a su sobrina favorita un billete de cinco libras como regalo de Navidad. Los metió dentro de una felicitación que pegó de modo que el billete quedara dentro y escribió encima: «Con cariño y mis mejores augurios. Esto es todo lo que puedo mandarte este año.» La pobre chica se disgustó mucho porque lo creyó un tacaño y arrojó al fuego la felicitación. Y claro, entonces él tuvo que darle otro billete. Los sentimientos de Eduardo hacia tío Enrique habían sufrido un cambio radical. -Señorita Miss Marple -dijo-, voy a buscar una botella de champaña; brindemos a la salud de su tío Enrique.
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El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos, aunque en cambio, parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente, salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie doce pisos.
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La señora Hudson, la patrona de Sherlock Holmes, tenía una larga experiencia de sufrimiento. No sólo encontraba invadido su primer piso a todas horas por bandadas de personajes extraños y a menudo indeseables, sino que su notable huésped mostraba una excentricidad y una irregularidad de vida que sin duda debía poner duramente a prueba su paciencia. Su increíble desorden, su afición a la música a hora extrañas, su ocasional entrenamiento con el revólver en la habitación, sus descabellados y a menudo malolientes experimentos científicos, y la atmósfera de violencia y peligro que le envolvía, hacían de él el peor inquilino de Londres. En cambio, su pago era principesco. No me cabe duda de que podría haber comprado la casa por el precio que Holmes pagó por sus habitaciones en los años que estuve con él. La patrona sentía el más profundo respeto hacia él y nunca se atrevía a llamarle al orden por molestas que le parecieran sus costumbres. Además, le tenía cariño, pues era un hombre de notable amabilidad y cortesía en su trato con las mujeres. El las detestaba y desconfiaba de ellas, pero era siempre un adversario caballeroso. Sabiendo qué auténtica era su consideración hacia Holmes, escuché atentamente el relato que ella me hizo cuando vino a mi casa el segundo año de mi vida de casado y me habló de la triste situación a la que estaba reducido mi pobre amigo. –Se muere, doctor Watson –dijo–. Lleva tres días hundiéndose, y dudo que dure el día de hoy. No me deja llamar a un médico. Esta mañana, cuando ví cómo se le salen los huesos de la cara, y cómo me miraba con sus grandes ojos brillantes, no pude resistir más. «Con su permiso o sin él, señor Holmes, voy ahora mismo a buscar a un médico», dije. «Entonces, que sea Watson», dijo. Yo no perdería ni una hora en ir a verle, señor, o a lo mejor ya no lo ve vivo. Me quedé horrorizado, pues no había sabido nada de su enfermedad. Ni que decir tiene que me precipité a buscar mi abrigo y mi sombrero. Mientras íbamos en el coche, pregunté detalles. –Tengo poco que contarle. El había estado trabajando en un caso en Rotherhithe, en un callejón junto al río, y se ha traído la enfermedad con él. Se acostó el miércoles por la tarde y desde entonces no se ha movido. Durante esos tres días no ha comido ni bebido nada. –¡Válgame Dios! ¿Por qué no llamó a su médico? –Él no quería de ningún modo, doctor Watson. Ya sabe que dominante es. No me atreví a desobedecerle. Pero no va a durar mucho en este mundo, como verá usted mismo en el momento en que le ponga los ojos encima. Cierto que era un espectáculo lamentable. En la media luz de un día neblinoso de noviembre, el cuarto del enfermo era un lugar tenebroso, y esa cara macilenta y consumida que me miraba fijamente desde la cama hizo pasar un escalofrío por mi corazón. Sus ojos tenían el brillo de la fiebre, sus mejillas estaban encendidas de un modo inquietante, y tenía los labios cubiertos de costras oscuras; las flacas manos sobre la colcha se agitaban convulsivamente, y su voz croaba de modo espasmódico. Siguió tendido inerte cuando entré en el cuarto, pero al verme hubo un fulgor de reconocimiento en sus ojos. –Bueno, Watson, parece que hemos caído en malos días –dijo con voz débil, pero con algo de su vieja indolencia en sus modales. –¡Mi querido amigo! –exclamé, acercándome a él. –¡Atrás! ¡Échese atrás! –dijo, del modo tajante e imperioso que yo había visto en él sólo en momentos de crisis–. Si se acerca a mí, Watson, mandaré echarle de casa. –Pero ¿por qué? –Porque ése es mi deseo. ¿No basta? Si, la señora Hudson tenía razón. Estaba más dominante que nunca. Sin embargo, era lamentable ver su agotamiento. –¡Exactamente! Ayudará mejor haciendo lo que se le dice. –Es verdad, Holmes. El suavizó la dureza de sus maneras. –¿No estará irritado? –preguntó, jadeando para obtener aliento. Pobre hombre, ¿cómo iba yo a estar irritado al verlo tendido en tal situación frente a mí? –Es por su bien, Waton –croó. –¿Por mi bien? –Sé lo que me pasa. Es una enfermedad de los coolíes de Sumatra, algo que los holandeses conocen mejor que nosotros, aunque hasta ahora no han conseguido mucho. Sólo una cosa es cierta. Es mortal de necesidad, y es terriblemente contagiosa. Ahora hablaba con una energía febril, con las largas manos convulsionándose y sacudiéndose en gestos para que me alejara. –Contagiosa por contacto; eso es. Mantenga la distancia y todo irá bien. –¡Válgame Dios, Holmes! ¿Supone que eso va a influir en mí por un momento? No me afectaría en el caso de un desconocido. ¿Se imagina que me impediría cumplir mi deber con tan viejo amigo? Volví a avanzar, pero me rechazó con una mirada de cólera furiosa. –Si se queda ahí, le hablaré. Si no, tiene que marcharse de este cuarto. Siento tan profundo respeto por las extraordinarias cualidades de Holmes, que siempre he obedecido a sus deseos, aun cuando menos los entendiera. Pero ahora todo mi instinto profesional estaba excitado. Aunque él fuera mi jefe en otro sitio, en un cuarto de un enfermo yo era el suyo. –Holmes –dije–, usted no es usted mismo. Un enfermo es sólo un niño, y así le voy a tratar. Quiéralo o no, voy a examinar sus síntomas y lo voy a tratar. Me miró con ojos venenosos. –Si debo tener un médico, quiéralo o no, por lo menos que sea uno en quien tenga confianza –dijo. –¿Entonces no la tiene en mí? –En su amistad, ciertamente. Pero los hechos son los hechos, Watson, y después de todo, usted es sólo un médico general de experiencia muy limitada y de títulos mediocres. Es doloroso tener que decir estas cosas, pero me obliga a ello. Me sentí muy ofendido. –Tal observación no es digna de usted, Holmes. Me muestra muy claramente el estado de sus nervios. Pero si no tiene confianza en mí, no le impondré mis servicios. Traigamos a sir Jasper Meek, o Penrose Fisher, o cualquiera de los mejores de Londres. Pero alguno tiene que aceptar, y eso es definitivo. Si cree que voy a quedarme aquí quieto, viéndole morir sin ayudarle bien por mí mismo o bien trayendo otro para que le ayude, se ha equivocado de persona. –Tiene buenas intenciones, Watson –dijo el enfermo, con algo entre un sollozo y un gemido–. ¿Tengo que demostrarle su propia ignorancia? ¿Qué sabe usted, por favor, de la fiebre Tapanuli? ¿Qué sabe de la corrupción negra de Formosa? –No he oído hablar de ninguna de las dos cosas. –En Oriente, Watson, hay muchos problemas de enfermedades, muchas posibilidades patológicas extrañas. –Se contenía después de cada frase para concentrar su menguante energía–. He aprendido mucho en algunas investigaciones recientes de índole médico-criminal. En el transcurso de ellas he dado con esa enfermedad. Usted no puede hacer nada. –Quizá no. Pero por casualidad sé que el doctor Ainstree, la mayor autoridad viviente en enfermedades tropicales, está ahora en Londres. Es inútil toda protesta, Holmes. Voy a buscarle ahora mismo –y me dirigí decidido hacia la puerta. ¡Nunca he sufrido tal choque! En un momento, con un salto de tigre, el agonizante me había interceptado. Oí el brusco chasquido de una llave al girar. Un momento después, volvió tambaleante a su cama, agotado y jadeante después de esa única llamarada de energía. –No me quitará la llave por la fuerza, Watson. Ya le tengo, amigo mío. Aquí está, y aquí se quedará hasta que yo disponga otra cosa. Pero le seguiré el humor. –Todo eso en breves jadeos, con terribles luchas en medio, buscando aliento–. Sólo piensa usted en mi propio bien. Se saldrá con la suya, pero déme tiempo de reunir fuerzas. Ahora no, Watson, ahora no. Son las cuatro. A las seis se puede ir. –Eso es una locura, Holmes. –Sólo dos horas, Watson. Le prometo que se irá a las seis. ¿Está contento de esperar? –Parece que no tengo alternativa. –En absoluto, Watson. Gracias, no necesito ayuda para arreglar la ropa de la cama. Usted, por favor, guarde la distancia. Bueno, Watson, sólo hay otra condición que yo pondría. Usted buscará ayuda, pero no del médico que ha mencionado, sino del que elija yo. –No faltaba más. –Las tres primeras palabras sensatas que ha pronunciado desde que entró en este cuarto, Watson. Ahí encontrará algunos libros. Estoy un tanto agotado; no sé cómo se sentirá una batería cuando vierte la electricidad en un no-conductor. A las seis, Watson, reanudaremos nuestra conversación. Pero estaba destinada a reanudarse mucho antes de esa hora, y en circunstancias que me ocasionaron una sacudida sólo inferior a la causada por su salto a la puerta. Yo llevaba varios minutos mirando la silenciosa figura que había en la cama. Tenía la cara casi cubierta y parecía dormir. Entonces, incapaz de quedarme sentado leyendo, me paseé despacio por el cuarto, examinando los retratos de delincuentes célebres con que estaba adornado. Al fin, en mi paseo sin objetivo, llegué ante la repisa de la chimenea. Sobre ella se dispersaba un caos de pipas, bolsas de tabaco, jeringas, cortaplumas, cartuchos de revólver y otros chismes. En medio de todo esto, había una cajita blanca y negra, de marfil, con una tapa deslizante. Era una cosita muy bonita; había extendido yo la mano para examinarla más de cerca cuando… Fue terrible el grito que dio…, un aullido que se podía haber oído desde la calle. Sentí frío en la piel y el pelo se me erizó de tan horrible chillido. Al volverme, vislumbré un atisbo de cara convulsa y unos ojos frenéticos. Me quedé paralizado, con la cajita en la mano. –¡Deje eso! Déjelo al momento, Watson…, ¡al momento, digo! –Cuando volví a poner la caja en la repisa, su cabeza volvió a hundirse en la almohada, y lanzó un hondo suspiro de alivio–. Me molesta que se toquen mis cosas, Watson. Ya sabe que me molesta. Usted enreda más de lo tolerable. usted, un médico…, es bastante como para mandar a un paciente al manicomio. ¡Siéntese, hombre, y déjeme reposar! Ese incidente dejó en mi ánimo una impresión muy desagradable. La violenta excitación sin motivo, seguida por esa brutalidad de lenguaje, tan lejana de su acostumbrada suavidad, me mostraba qué profunda era la desorganización de su mente. De todas las ruinas, la de una mente noble es la más deplorable. Yo seguí sentado en silenciosa depresión hasta que pasó el tiempo estipulado. El parecía haber observado el reloj tanto como yo, pues apenas eran las seis cuando empezó a hablar con la misma excitación febril de antes. –Bueno, Watson –dijo–. ¿Lleva cambio en el bolsillo? –Si. –¿Algo de plata? –Bastante. –¿Cuántas coronas? –Tengo cinco. –¡Ah, demasiado pocas! ¡Demasiado pocas! ¡Qué mala suerte, Watson! Sin embargo, tal como son, métaselas en el bolsillo del reloj, y todo su otro dinero, en el bolsillo izquierdo del pantalón. Gracias. Así se equilibrará mucho mejor. Era una locura delirante. Se estremeció y volvió a emitir un ruido entre la tos y el sollozo. –Ahora encienda el gas, Watson, pero tenga mucho cuidado de que ni por un momento pase de la mitad. Le ruego que tenga cuidado, Watson. Gracias, así está muy bien. No, no hace falta que baje la cortinilla. Ahora tenga la bondad de poner unas cartas y papeles en esa mesa a mi alcance. Gracias. Ahora algo de esos trastos de la repisa. ¡Excelente, Waton! Ahí hay unas pinzas de azúcar. Tenga la bondad de levantar con ayuda de ellas esa cajita de marfil. Póngala ahí entre los papeles. ¡Bien! Ahora puede ir a buscar al señor Culverton Smith, en Lower Street, 13. –Nunca he oído tal nombre –dije. –Quizá no, mi buen Watson. A lo mejor le sorprende saber que el hombre que más entiende en el mundo sobre esta enfermedad no es un médico, sino un plantador. El señor Culverton Smith es un conocido súbdito de Sumatra, que ahora se encuentra de viaje en Londres. Una irrupción de esta enfermedad en su plantación, que estaba muy lejos de toda ayuda médica, le hizo estudiarla él mismo, con consecuencias de gran alcance. Es una persona muy metódica, y no quise que se pusiera usted en marcha antes de las seis porque sabía muy bien que no lo encontraría en su estudio. Si pudiera persuadirle para que viniera aquí y nos hiciera beneficiarios de su experiencia impar en esta enfermedad, cuya investigación es su entretenimiento favorito, no dudo que me ayudaría. Doy las palabras de Holmes como un todo consecutivo, y no voy a intentar reproducir cómo se interrumpían con jadeos tratando de recobrar el aliento y con apretones de manos que indicaban el dolor que sufría. Su aspecto había empeorado en las pocas horas que llevaba yo con él. Sus colores febriles estaban más pronunciados, los ojos brillaban más desde unos huecos más oscuros, y un sudor frío recorría su frente. Sin embargo, conservaba su confiada vivacidad de lenguaje. Hasta el último jadeo, seguiría siendo el jefe. –Le dirá exactamente cómo me ha dejado –dijo–. Le transmitirá la misma impresión que hay en su mente, un agonizante, un agonizante que delira. En efecto, no puedo pensar por qué todo el cauce del océano no es una masa maciza de ostras, si tan prolíficas parecen. ¡Ah, estoy disparatando! ¡Qué raro, cómo el cerebro controla el cerebro! ¿Qué iba diciendo, Watson? Mis instrucciones para el señor Culverton Smith. Ah, sí, ya me acuerdo. Mi vida depende de eso. Convénzale, Watson. No hay buenas relaciones entre nosotros. Su sobrino, Watson…, sospechaba yo algo sucio y le permití verlo. El muchacho murió horriblemente. Tiene un agravio contra mí. Usted le ablandará, Watson. Ruéguele, pídaselo, tráigale aquí como sea. El puede salvarme, ¡sólo él! –Le traeré un coche de punto, si le tengo que traer como sea. –No haga nada de eso. Usted le convencerá para que venga. Y luego volverá antes que él. Ponga alguna excusa para no volver con él. No lo olvide, Watson. No me vaya a fallar. Usted nunca me ha fallado. Sin duda, hay enemigos naturales que limitan el aumento de las criaturas. Usted y yo, Watson, hemos hecho nuestra parte. ¿Va a quedar el mundo, entonces, invadido por las ostras? ¡No, no, es horrible! Transmítale todo lo que hay en su mente. Le dejé con la imagen de ese magnífico intelecto balbuceando como un niño estúpido. El me había entregado la llave, y con una feliz ocurrencia, me la llevé conmigo, no fuera a cerrar él mismo. La señora Hudson esperaba, temblaba y lloraba en el pasillo. Detrás de mí, al salir del piso, oí la voz alta y fina de Holmes en alguna salmodia delirante. Abajo, mientras yo silbaba llamando a un coche de punto, se me acercó un hombre entre la niebla. –¿Cómo está el señor Holmes? –preguntó. Era un viejo conocido, el inspector Morton, de Scotland Yard, vestido con ropas nada oficiales. –Está muy enfermo –contesté. Me miró de un modo muy raro. Si no hubiera sido demasiado diabólico, podría haber imaginado que la luz del farol de gas mostraba exultación en su cara. –Había oído rumores de eso –dijo. El coche me esperaba ya y le dejé. Lower Burke Street resultó ser una línea de bonitas casas extendidas en la vaga zona limítrofe entre Notting Hill y Kensington. La casa ante la cual se detuvo mi cochero tenía un aire de ufana y solemne respetabilidad en sus verjas de hierro pasadas de moda, su enorme puerta plegadiza y sus dorados relucientes. Todo estaba en armonía con un solemne mayordomo que apareció enmarcado en el fulgor rosado de una luz eléctrica coloreada que había detrás de él. –Sí, el señor Culverton Smith está en casa. ¡El doctor Watson! Muy bien, señor, subiré su tarjeta. Mi humilde nombre y mi título no parecieron impresionar al señor Culverton Smith. A través de la puerta medio abierta oí una voz aguda, petulante y penetrante: –¿Quién es esa persona? ¿Qué quiere? Caramba, Staples, ¿cuántas veces tengo que decir que no quiero que me molesten en mis horas de estudio? Hubo un suave chorro de respetuosas explicaciones por parte del mayordomo. –Bueno, no lo voy a ver, Staples, no puedo dejar que se interrumpa así mi trabajo. No estoy en casa. Dígaselo. Dígale que venga por la mañana si quiere verme realmente. Otra vez el suave murmullo. –Bueno, bueno, déle ese recado. Puede venir por la mañana o puede no volver. Mi trabajo no tiene que sufrir obstáculos. Pensé en Holmes revolviéndose en su lecho de enfermo, y contando los minutos, quizá, hasta que pudiera proporcionarle ayuda. No era un momento como para detenerse en ceremonias. Su vida dependía de mi prontitud. Antes de que aquél mayordomo, todo excusas, me entregara su mensaje, me abrí paso de un empujón, dejándole atrás, y estaba ya en el cuarto. Con un agudo grito de cólera, un hombre se levantó de una butaca colocada junto al fuego. Vi una gran cara amarilla, de áspera textura y grasienta, de pesada sotabarba, y unos ojos huraños y amenazadores que fulguraban hacía mí por debajo de unas pobladas cejas color de arena. Su alargada cabeza calva llevaba una gorrita de estar en casa, de terciopelo, inclinada con coquetería hacia un lado de su curva rosada. El cráneo era de enorme capacidad, y sin embargo, bajando los ojos, vi con asombro que la figura de ese hombre era pequeña y frágil, y retorcida por los hombros y la espalda como quien ha sufrido raquitismo desde su infancia. –¿Qué es esto? –gritó con voz aguda y chillona–. ¿Qué significa esa intrusión? ¿No le mandé recado de que viniera mañana por la mañana? –Lo siento –dije–, pero el asunto no se puede aplazar. El señor Sherlock Holmes… El pronunciar el nombre de mi amigo tuvo un extraordinario efecto en el hombrecillo. El aire de cólera desapareció en un momento de su cara, y sus rasgos se pusieron tensos y alertados. –¿Viene de parte de Holmes? –preguntó. –Acabo de dejarle. –¿Qué hay de Holmes? ¿Cómo está? –Está desesperadamente enfermo. Por eso he venido. El hombre me hizo señal de que me sentara en una butaca y se volvió para sentarse otra vez en la suya. Al hacerlo así, vislumbré un atisbo de su cara en el espejo de encima de la chimenea. Hubiera podido jurar que mostraba una maliciosa y abominable sonrisa. Pero me convencí de que debía ser alguna contracción nerviosa que yo había sorprendido, pues un momento después se volvió hacia mí con auténtica preocupación en sus facciones. –Lamento saberlo –dijo–. Sólo conozco al señor Holmes a través de algunos asuntos de negocios que hemos tenido, pero siento gran respeto hacia su talento y su personalidad. Es un aficionado del crimen, como yo de la enfermedad. Para él, el delincuente; para mí, el microbio. Ahí están mis prisiones –continuó, señalando una hilera de botellas y tarros en una mesita lateral–. Entre esos cultivos de gelatina, están cumpliendo su condena algunos de los peores delincuentes del mundo. –Por su especial conocimiento del tema, es por lo que deseaba verle el señor Holmes. Tiene una elevada opinión de usted, y pensó que era la única persona en Londres que podría ayudarle. El hombrecillo se sobresaltó, y la elegante gorrita resbaló al suelo. –¿Por qué? –preguntó–. ¿Por qué iba a pensar el señor Holmes que yo le podía ayudar en su dificultad? –Por su conocimiento de las enfermedades orientales. –Pero ¿por qué iba a pensar que esa enfermedad que ha contraído es oriental? –Porque en unas averiguaciones profesionales, ha trabajado con unos marineros chinos en los muelles. –El señor Culverton Smith sonrió agradablemente y recogió su gorrita. –Ah, es eso –dijo–, ¿es eso? Confío en que el asunto no sea tan grave como usted supone. ¿Cuánto tiempo lleva enfermo? –Unos tres días. –¿Con delirios? –De vez en cuando. –¡Vaya, vaya! Eso parece serio. Sería inhumano no responder a su llamada. Lamento mucho esta interrupción en mi trabajo, doctor Watson, pero este caso ciertamente es excepcional. Iré con usted enseguida. Recordé la indicación de Holmes. –Tengo otro recado que hacer –dije. –Muy bien. Iré solo. Tengo anotada la dirección del señor Holmes. Puede estar seguro de que estaré allí antes de media hora. Volví a entrar en la alcoba de Holmes con el corazón desfalleciente. Tal como lo dejé, en mi ausencia podía haber ocurrido lo peor. Para mi enorme alivio, había mejorado mucho en el intervalo. Su aspecto era tan espectral como antes, pero había desaparecido toda huella de delirio y hablaba con una voz débil, en verdad, pero con algo de su habitual claridad y lucidez. –Bueno, ¿le ha visto, Watson? –Si, ya viene. –¡Admirable, Watson! ¡Admirable! Es usted el mejor de los mensajeros. –Deseaba volver conmigo. –Eso no hubiera valido, Watson. Sería obviamente imposible. ¿Preguntó que enfermedad tenía yo? –Le hablé de los chinos en el East End. –¡Exactamente! Bueno, Watson, ha hecho todo lo que podía hacer un buen amigo. Ahora puede desaparecer de la escena. –Debo esperar a oír su opinión, Holmes. –Claro que debe. Pero tengo razones para suponer que esa opinión será mucho más franca y valiosa si se imaginara que estamos solos. Queda el sitio justo detrás de la cabecera de mi cama. –¡Mi querido Holmes! –Me temo que no hay alternativa, Watson. El cuarto no se presta a esconderse, pero es preciso que lo haga, en cuanto que es menos probable que despierte sospechas. Pero ahí mismo, Watson, se me antoja que podría hacerse el trabajo. –De repente se incorporó con rígida atención en su cara hosca–. Ya se oyen las ruedas, Watson. ¡Pronto, hombre, si de verdad me aprecia! Y no se mueva, pase lo que pase…, pase lo que pase, ¿me oye? ¡No hable! ¡No se mueva! escuche con toda atención. Luego, en un momento, desapareció su súbito acceso de energía, y sus palabras dominantes y llenas de sentido se extinguieron en los sordos y vagos murmullos de un hombre delirante. Desde el escondite donde me había metido tan rápidamente, oí los pasos por la escalera, y la puerta de la alcoba que se abría y cerraba. Luego, para mi sorpresa, hubo un largo silencio, roto sólo por el pesado aliento y jadeo del enfermo. Pude imaginar que nuestro visitante estaba de pie junto a la cama y miraba al que sufría. Por fin se rompió ese extraño silencio. –¡Holmes! –gritó–. ¡Holmes! –con el tono insistente de quien despierta a un dormido–. ¿Me oye, Holmes? –Hubo un roce, como si hubiera sacudido bruscamente al enfermo por el hombro. –¿Es usted, señor Smith? –susurró Holmes–. Apenas me atrevería a esperar que viniera. El otro se rió. –Ya me imagino que no –dijo–. Y sin embargo, ya ve que estoy aquí. ¡Remordimientos de conciencia! –Es muy bueno de su parte, muy noble. Aprecio mucho sus especiales conocimientos. Nuestro visitante lanzó una risita. –Claro que sí. Por suerte, usted es el único hombre en Londres que los aprecia. ¿Sabe lo que le pasa? –Lo mismo –dijo Holmes. –¡Ah! ¿Reconoce los síntomas? –De sobra. –Bueno, no me extrañaría, Holmes. No me extrañaría que fuera lo mismo. Una mala perspectiva para usted si lo es. El pobre Víctor se murió a los cuatro días; un muchacho fuerte, vigoroso. Como dijo usted, era muy chocante que hubiera contraído una extraña enfermedad, que, además, yo había estudiado especialmente. Singular coincidencia, Holmes. Fue usted muy listo al darse cuenta, pero poco caritativo al sugerir que fuera causa y efecto. –Sabía que lo hizo usted. –¿Ah, sí? Bueno, usted no pudo probarlo, en todo caso. Pero ¿qué piensa de usted mismo, difundiendo informes así sobre mí, y luego arrastrándose para que le ayude en el momento en que está en apuros? Qué clase de juego es éste, ¿eh? Oí el aliento ronco y trabajoso del enfermo. –¡Déme agua! –jadeó. –Está usted cerca de su fin, amigo mío, pero no quiero que se vaya hasta que tenga yo unas palabras con usted. Por eso le doy agua. Ea, ¡no la vierta por ahí! Está bien. ¿Entiende lo que le digo? Holmes gimió. –Haga por mí lo que pueda. Lo pasado, pasado –susurró–. Yo me quitaré de la cabeza esas palabras: juro que lo haré. Sólo cúreme y lo haré. –Olvidará, ¿qué? –Bueno, lo de la muerte de Víctor Savage. Usted casi reconoció que lo había hecho. Lo olvidaré. –Puede olvidarlo o recordarlo, como le parezca. No le veo declarando en la tribuna de los testigos. Le veo entre otras maderas de forma muy diferente, mi buen Holmes, se lo aseguro. No me importa nada que sepa cómo murió mi sobrino. No es de él de quien hablamos. Es de usted. –Sí, sí. –El tipo que vino a buscarme, no recuerdo cómo se llama, dijo que había contraído esa enfermedad en el East End entre los marineros. –Sólo así me lo puedo explicar. –Usted está orgulloso de su cerebro, Holmes, ¿verdad? Se considera listo, ¿no? Esta vez se ha encontrado con otro más listo. Ahora vuelva la vista atrás, Holmes. ¿No se imagina de otro modo cómo podría haber contraído eso? –No puedo pensar. He perdido la razón. ¡Ayúdeme, por Dios! –Sí, le ayudaré. Le ayudaré a entender dónde está y cómo ha venido a parar a esto. Me gustaría que lo supiera antes de morir. –Déme algo para aliviarme el dolor. –Es doloroso, ¿verdad? Sí, los coolíes solían chillar un poco al final. Le entra como un espasmo, imagino. –Sí, sí; es un espasmo. –Bueno, de todos modos, puede oír lo que digo. ¡Escuche ahora! ¿No recuerda algún incidente desacostumbrado en su vida poco antes de que empezaran sus síntomas? –No, no, nada. –Vuelva a pensar. –Estoy demasiado mal para pensar. –Bueno, entonces, le ayudaré. ¿Le llegó algo por correo? –¿Por correo? –¿Una caja, por casualidad? –Me desmayo. ¡Me muero! –¡Escuche, Holmes! –hubo un ruido como si sacudiera al agonizante, y yo hice lo que pude para seguir callado en mi escondite–. Debe oírme. Me va a oír. ¿Recuerda una caja; una caja de marfil? Llegó el miércoles. Usted la abrió, ¿recuerda? –Sí, sí, la abrí. Dentro había un resorte agudo. Alguna broma… –No fue una broma, como verá a su propia costa. Idiota, usted se empeño y ya lo tiene. ¿Quién le mandó cruzarse en mi camino? Si me hubiera dejado en paz, yo no le habría hecho nada. –Recuerdo –jadeó Holmes–. ¡El resorte! Me hizo sangre. Esa caja… está en la mesa. –¡Esa misma, caramba! Y más vale que salga del cuarto en mi bolsillo. Aquí va su último jirón de pruebas. Pero ya tiene la verdad, Holmes, y puede morirse sabiendo que yo le maté. Usted sabía demasiado del destino de Víctor Savage, así que le he enviado a compartirlo. Está usted muy cerca de su final, Holmes. Me quedaré aquí sentado y le veré como se muere. La voz de Holmes había bajado a un susurro casi inaudible. –¿Qué es eso? –dijo Smith–. ¿Subir el gas? Ah, las sombras empiezan a caer, ¿verdad? Sí, lo subiré para que me vea mejor. –Cruzó el cuarto y la luz de repente se hizo más brillante–. ¿Hay algún otro servicio que pueda hacerle, amigo mío? –Un fósforo y un cigarrillo. Casi grité de alegría y asombro. Hablaba con su voz natural; un poco débil, quizá, pero la misma que yo conocía. Hubo una larga pausa y noté que Culverton estaba parado, mirando mudo de asombro a su compañero. –¿Qué significa esto? –le oí decir al fin, en tono seco y ronco. –El mejor modo de representar un personaje –dijo Holmes–. Le doy mi palabra de que desde hace tres días no he probado de comer ni de beber hasta que usted ha tenido la bondad de darme un vaso de agua. Pero el tabaco es lo que encuentro más molesto. Ah, ahí unos cigarrillos. –Oí rascar un fósforo–. Esto está mucho mejor. ¡Hola, hola! ¿Oigo los pasos de un amigo? Fuera se oyeron unas pisadas, se abrió la puerta y apareció el inspector Morton. –Todo está en orden y aquí tiene a su hombre –dijo Holmes. El policía hizo las advertencias de rigor. –Le detengo acusado del asesinato de un tal Víctor Savage –concluyo. –Y podría añadir que por intento de asesinato de un tal Sherlock Holmes –observó mi amigo con una risita–. Para ahorrar molestias a un inválido, el señor Culverton Smith tuvo la bondad de dar nuestra señal subiendo el gas. Por cierto, el detenido tiene en el bolsillo derecho de la chaqueta una cajita que valdría más quitar de en medio. Gracias. Yo la trataría con cuidado si fuera usted. Déjela ahí. Puede desempeñar su papel en el juicio. Hubo una súbita agitación y un forcejeo, seguido por un ruido de hierro y un grito de dolor. –No conseguirá más que hacerse daño –dijo el inspector–. Estése quieto, ¿quiere? Sonó el ruido de las esposas al cerrarse. –¡Bonita trampa! –gritó la voz aguda y gruñona–. Esto le llevará al banquillo a usted, Holmes, no a mí. Me pidió que viniera aquí a curarle. Me compadecí y vine. Ahora sin duda inventará que he dicho algo para apoyar sus sospechas demenciales. Puede mentir como guste, Holmes. Mi palabra es tan buena como la suya. –¡Válgame Dios! –gritó Holmes–. Se me había olvidado del todo. Mi quiero Watson, le debo mil excusas. ¡Pensar que le he pasado por alto! No necesito presentarle al señor Culverton Smith, ya que entiendo que le ha conocido antes, esta tarde. ¿Tiene abajo el coche a punto? Le seguiré en cuanto me vista; quizá sea útil en la comisaría. »Nunca me había hecho más falta –dijo Holmes, mientras se reanimaba con un vaso de borgoña y unas galletas, en los intervalos de su arreglo–. De todos modos, como usted sabe, mis costumbres son irregulares, y tal hazaña significa que mí menos que para la mayoría de los hombres. Era esencial que hiciera creer a la señora Hudson en la realidad de mi situación, puesto que ella debía de transmitírsela a usted. ¿No se habrá ofendido, Watson? Se dará cuenta de que, entre sus muchos talentos, no hay lugar para el disimulo. Nunca habría sido capaz de darle a Smith la impresión de que su presencia era urgentemente necesaria, lo cual era el punto vital de todo el proyecto. Conociendo su naturaleza vengativa, seguro que vendría a ver su obra. –Pero ¿y su aspecto, Holmes, su cara fantasmal? –Tres días de completo ayuno no mejoran la belleza de uno, Watson. Por lo demás, pasando una esponja con vaselina por la frente y poniendo belladona en los ojos, colorete en los pómulos y costras de cera en los labios, se puede producir un efecto muy satisfactorio. Fingir enfermedades es un tema sobre el que he pensado a veces escribir una monografía. Un poco de charla ocasional sobre medias coronas, ostras o cualquier otro tema extraño produce suficiente impresión de delirio. –Pero, ¿por qué no me quiso dejar que me acercara, puesto que en realidad no había infección? –¿Y usted lo pregunta, querido Watson? ¿Se imagina que no tengo respeto a su talento médico? ¿Podía imaginar yo que su astuto juicio iba a aceptar a un agonizante que, aunque débil, no tenía el pulso ni la temperatura anormales? A cuatro pasos se le podía engañar. Si no conseguía engañarle, ¿quién iba a traer a Smith a mi alcance? No, Watson, yo no tocaría esa caja. Puede ver, si la mira de lado, el resorte agudo que sale cuando se abre, como un colmillo de víbora. Me atrevo a decir que fue con un recurso así con lo que halló la muerte el pobre Savage, que se interponía entre ese monstruo y una herencia. Sin embargo, como sabe, mi correspondencia es muy variada, y estoy un tanto en guardia contra cualquier paquete que me llegue. Pero me pareció que fingiendo que él había conseguido realmente su propósito, podría arrancarle una confesión. Y he realizado ese proyecto con la perfección del verdadero artista. Gracias, Watson, tiene que ayudarme a ponerme la chaqueta. Cuando hayamos acabado en la comisaría, creo que no estaría de más tomar algo nutritivo en Simpson’s.
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